Tres pasos para una verdadera felicidad

Aceptémoslo. Todos nosotros queremos estar contentos. Y todos comprendemos, más temprano que tarde, que el éxito exterior no produce felicidad duradera. ¿Qué hacer? Amarse y amar a los otros. De hecho, podemos amar auténticamente a los demás sólo cuando nosotros mismos nos amamos. ¿Por qué algunas personas parecen sentir este amor fácilmente, mientras otros gastan sus vidas investigando en relaciones humanas o en cursos de auto superación para encontrarlo?

Aunque puede parecer un cliché, la respuesta parece apuntar a las experiencias de la niñez. Lo que conocemos como autoestima empieza, originalmente, en la estima que los padres tengan a sus hijos. A través de los actos más simples de acariciar, atender a sus sentimientos y guiarlos hacia el éxito, un niño se ve reflejado a sí mismo en los ojos de sus padres. Ellos se ven capacitados para amar, es decir, dignos y en condiciones de ser amados.

Cuando un niño se encuentra en un ambiente de abusos y descuidos, él no consigue este espejo de amor y suceden dos cosas. Primero, el niño empieza a alojar el sentimiento de imperfección o incapacidad de ser amado. Debido a que para un niño un padre es Dios, el abuso paternal y el abandono (incluso la insensibilidad a los sentimientos) es experimentado como algo totalmente justificado. “Si mamá o papá me tratan de esta manera, debe ser mi culpa”.

Sucede también otro acontecimiento. Los niños son maestros para inventar estrategias para conseguir el amor o prevenir el abandono. Una “estrategia proteccionista” común es el perfeccionismo. "Si yo soy perfecto, entonces mamá o papá me amarán." La búsqueda para la perfección puede volverse perpetua, ya sea para ser el compañero perfecto, tener el éxito perfecto, o el entretenimiento perfecto o "de alto rendimiento." Pero el resultado siempre lo estará defraudando. Nada puede reemplazar el amor.


¿Hay esperanza para quienes no consiguieron amor suficiente durante la niñez? La respuesta es... ¡un rotundo sí! Pero como para todo lo que vale la pena, se necesita esforzarse. La clave está en la manera cómo experimentamos nuestros recuerdos de infancia. En lugar de ser los recuerdos de la niñez absolutamente estáticos, cada uno de nosotros lleva dentro de nuestra mente un “padre” interno, una voz que habla mucho con nosotros como nuestros padres lo hicieron. Si nuestros recuerdos infantiles en relación a nuestros padres fueran principalmente favorables, nuestro diálogo interno también lo será. Si nuestros recuerdos son principalmente negativos, tenderemos a ser muy auto críticos en el tiempo. Algunas de estas auto críticas serán una simple repetición de lo que nosotros oímos cuando niños. Más a menudo, sin embargo, un niño se critica para proteger su relación con los padres. Ambas situaciones son la fuente de muchas de nuestras angustias... y las semillas de nuestra renovación.

Una vez que comprendemos que las personas de alta autoestima se tratan amorosamente a sí mismas, especialmente cuando están calmadas, y que aquéllos con la autoestima baja son autocríticos, creamos para nosotros un camino hacia el cambio. El objetivo consiste en cambiar el modo en que hablamos de nosotros mismos. Hay tres pasos para cambiar nuestro auto diálogo.

Paso Uno: La auto consciencia

Es asombroso cuán diferente podemos hablar de nosotros mismos en momentos diferentes. Si tenemos un “día bueno”, nuestra mente refleja a menudo esto en los pensamientos positivos. Frecuentemente, en esas ocasiones, nuestra mente puede estar muy callada y pacífica. En contraste con esto, cuando estamos deprimidos o después de experimentar alguna desilusión, nuestra mente puede estar bastante negativa y bastante bulliciosa. En mi experiencia, cuando nuestra mente está llena de ansiedad, y estancada, estamos re-experimentando a menudo un “estado mental infantil”. Esencialmente, un evento de vida negativo nos ha enviado atrás en el tiempo gatillando sentimientos más juveniles o infantiles. Una vez que podamos reconocer qué es lo que nos hace ir desde sentirnos expansivos y adultos a sentirnos inseguros e infantiles, tendremos un regalo asombroso. Podemos sentir la ternura y la compasión.

Paso Dos: La compasión

Siempre que cambiamos a un estado inseguridad infantil (todos hacemos esto a veces), “vamos a casa” a las experiencias internas específicas de apoyo, abuso, o abandono. Dependiendo de las características de nuestra niñez, podremos generar amor a sí mismos y cuidarnos en esas ocasiones, o no. Pero cualquiera sea lo que suceda, no es nuestra culpa. Este hecho es crucial. Una vez que reconocemos que la causa está en la suerte de cómo fue el trato en el hogar a nuestras mentes, en el apoyo paternal íntimo, nos volvemos más empáticos. Podemos sentir el amor por nosotros y por nuestra historia particular. Desde esta compasión podemos de verdad cuidarnos bien. Podemos emprender una actitud auténticamente adulta.

Paso Tres: La Actitud Adulta auténtica

En un estado de mente infantil, nos sentimos a menudo pasivos y desvalidos. Nuestro diálogo interno incluye declaraciones ansiosas tales como "yo nunca fui bastante bueno”, “no puedo hacerlo", "Si no fuera por...", o las mismas autocríticas fluyen espontáneamente, “crecen”. Una vez que reconocemos que estamos en un estado infantil, y tenemos compasión a nuestra experiencia única de la niñez, necesitamos afirmar activamente nuestra energías adultas. Las acciones adultas auténticas son que aquéllas que nos ayudan a cambiar del estado infantil a un percepción más expansiva y adulta de nosotros mismos.

Simplemente actúe, la actividad adulta auténtica involucra un mayor auto cuidado. A veces esto significa simplemente la aceptación de nuestros sentimientos como un reflejo de experiencias de nuestra primera infancia. Otras veces, se trata de cuidar mejor nuestras necesidades. Si está preparando una buena comida o llamando a un amigo, la acción adulta auténtica es, esencialmente, tratarse a sí mismo como un “padre positivo”.

A menudo, también, la acción adulta auténtica involucra desafiar a nuestro chorro de diálogo interno negativo. Esto es mucho más fácil de hacer cuando comprendemos que estamos en un estado mental infantil. Por ejemplo, cada vez que estemos teniendo catastróficos pensamientos para el futuro “¿y si pasara que...?”, podemos relajarnos más si reconocemos que nuestro pensamiento puede ser más que el de un niño, para ser un pensamiento pleno de un adulto. Esto puede darnos comprensión y compasión, y a menudo, una perspectiva graciosa.

Estos tres pasos de autoconsciencia, compasión y actitud adulta auténtica son, creo, las claves para quererse mas y aumentar la felicidad.

Norm Ephraim, EdD

Traducción de Sergio Valdivia



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